DUELO COMERCIAL SIN FIN: CHINA VS. ESTADOS UNIDOS
Las hostilidades arancelarias entre las dos mayores economías mundiales estallaron en marzo de 2018 cuando el presidente Donald Trump firmó un memorando imponiendo gravámenes sobre unos USD 50-60 mil millones en productos chinos.
De los aranceles de Trump a la frágil tregua de 2025
Las hostilidades arancelarias entre las dos mayores economías mundiales estallaron en marzo de 2018 cuando el presidente Donald Trump firmó un memorando imponiendo gravámenes sobre unos USD 50-60 mil millones en productos chinos. Aquella medida unilateral fue calificada como una “amenaza para el comercio global”. A partir de ese momento se sucedió una escalada de sanciones: Estados Unidos y China se aplicaron mutuamente tarifas adicionales (en ocasiones de tres dígitos) sobre miles de productos industriales, tecnológicos y agroalimentarios. Por ejemplo, China detuvo en 2018 todas las compras de soja estadounidense, dejando pendientes cerca de 7 millones de toneladas. En paralelo, Washington comenzó a imponer restricciones tecnológicas, vetando a empresas como Huawei de sus redes y sancionando otras firmas chinas por seguridad nacional. Este choque de aranceles y bloqueos tecnológicos marcó una ruptura en la globalización, obligando a empresas y gobiernos a rediseñar cadenas de valor.
Aranceles y represalias: el pulso se intensifica
En los años siguientes, el conflicto se cobró víctimas en ambos países y en el comercio mundial. Los consumidores estadounidenses pagaron decenas de miles de millones en aranceles, y sectores como el agrícola y manufacturero sufrieron recortes de exportaciones (China frenó importaciones de carne de cerdo, soja y automóviles de EE.UU.). China respondió aplicando aranceles equivalentes sobre bienes estadounidenses. La administración Trump amplió los gravámenes: en agosto de 2019 anunció aranceles del 30 al 25 % sobre casi USD 250 mil millones adicionales de importaciones chinas. Estas medidas tensaron aún más la economía global. Estados Unidos mismo experimentó una desaceleración de la industria manufacturera y del crecimiento económico, atribuidos en parte a la guerra comercial.
Durante estos años también se verificó un “desacoplamiento” parcial: numerosas empresas comenzaron a reubicar sus fábricas fuera de China hacia otros países asiáticos como Vietnam o Taiwán, e incluso hacia América Latina. Este fenómeno de nearshoring y diversificación apuntaló economías como la mexicana y vietnamita, que se posicionaron como proveedores alternativos para el mercado estadounidense. No obstante, expertos subrayan que buena parte de esa producción siguió vinculada a capital chino (filiales de empresas chinas en el extranjero) y, en muchos casos, requería insumos tecnológicos importados de China.
Fase uno y cambio de administración
En enero de 2020 se firmó un acuerdo parcial (“fase uno”) que, de manera temporal, alivió tensiones: China se comprometió a comprar más productos agrícolas y manufacturados estadounidenses, y Washington redujo algunas tarifas originalmente previstas. Esta tregua provocó un breve respiro en los mercados globales. Sin embargo, la crisis del COVID-19 y el relevo en la Casa Blanca interrumpieron la dinámica. La nueva administración Biden mantuvo la mayoría de los aranceles punitivos (sobre unos USD 370 mil millones en importaciones chinas) mientras revisaba la política comercial. La representante comercial Katherine Tai advirtió que el acuerdo de 2020 no había atendido de manera significativa las preocupaciones estructurales de EE.UU., como subsidios estatales, prácticas de monopolio o robo de propiedad intelectual. En consecuencia, Biden optó por un enfoque pragmático: comenzó diálogos bilaterales sin renunciar a las tarifas y abrió canales con aliados para construir una estrategia común frente a Pekín. Hasta 2024 las tensiones persistieron latentes, con amagos de nuevos aranceles, vetos tecnológicos (por ejemplo, restricciones a la exportación de chips a China) y maniobras diplomáticas en foros multilaterales.
Economía global: cadenas de suministro bajo presión
La guerra comercial tuvo un impacto mundial. El comercio global ralentizó su crecimiento: la OMC advirtió en 2019 que el proteccionismo frenaría el intercambio internacional. El comisario europeo Moscovici calculó que una escalada podría restar entre 0.5 y 0.6 puntos porcentuales al PIB tanto de China como de EE.UU. Sectorialmente, los datos muestran que en pocos años cayó la participación de China en las importaciones estadounidenses, con aumentos simultáneos de exportaciones hacia EE.UU. de países alternativos. El fenómeno parece ser un reacomodo: México y Vietnam lideraron las ganancias de cuota de mercado en EE.UU., al tiempo que también incrementaron sus ventas al resto del mundo. El estudio de CEPR incluso sugiere que en esos países muchas fábricas siguen usando insumos chinos o manteniendo empresas matrices en China.
A la vez, la escalada unilateral afectó a proveedores y clientes de ambas superpotencias. Empresas de tecnología, automotriz y químicas advirtieron sobre cuellos de botella: la imposición de aranceles a insumos intermedios y las restricciones en tierras raras y semiconductores generaron incertidumbre en cadenas de valor globales. En agricultura, los mercados mundiales se reajustaron: la disminución de compras chinas de soja y maíz de EE.UU. abrió oportunidades para Brasil, Argentina y otros exportadores. No obstante, expertos coinciden en que, pese a posibles ganadores puntuales, el daño global fue considerable: caída de inversión, sobrecostos logísticos y menores economías de escala en industrias integradas internacionalmente.
México, Vietnam y Europa: reacomodos estratégicos
En este reordenamiento global destacan algunos casos: México aprovechó su proximidad geográfica y el Tratado de Libre Comercio (T-MEC) para atraer plantas relocalizadas. Según el gobierno mexicano, en 2023 México desplazó por primera vez a China como principal exportador manufacturero hacia EE.UU. El propio secretario Ebrard anticipó que la estrategia de nearshoring busca aumentar el contenido nacional de las exportaciones y captar inversiones de las cadenas de proveeduría estadounidenses. De hecho, sectores clave como el automotriz, electrónico y electrodomésticos han abierto nuevas plantas en Estados del Norte y del Bajío mexicano para evitar aranceles chinos.
Vietnam también fue uno de los grandes beneficiados. Análisis económicos previos señalaban que empresas estadounidenses y chinas redirigieron hacia Vietnam órdenes que antes se surtían desde China, impulsando la manufactura local y las exportaciones vietnamitas. En 2019 se estimó que su comercio desviado por la guerra comercial equivalía a casi un 8 % de su PIB trimestral. Mientras tanto, Estados del Sudeste Asiático como Taiwán y Corea del Sur también ganaron terreno al suplir tecnologías y componentes.
Europa y Alemania sintieron la sacudida de otra forma. Al no ser parte directa del conflicto, al principio parecían ajenos, pero la economía alemana sufre la contracción del comercio mundial. Las exportaciones alemanas a EE.UU. cayeron notablemente (por ejemplo, -7.4 % en los primeros meses de 2024), en parte por las reticencias proteccionistas de Washington. Además, medidas previas de EE.UU. afectaron a Europa: los aranceles al acero y aluminio encarecieron insumos para la industria germana, y los conflictos Airbus–Boeing desencadenaron nuevas tarifas bilaterales. En síntesis, Alemania perdió un clima de certidumbre para el comercio global, obligando a la Unión Europea a buscar alternativas como nuevos acuerdos comerciales y el refuerzo del mercado interno.
Tregua táctica en 2025: ¿paz aparente?
Finalmente, en octubre de 2025 se produjo un aparente alto al fuego. En la cumbre de APEC en Corea del Sur, Xi Jinping y Donald Trump acordaron reducir tarifas en sectores selectos y pausar sanciones complementarias como aranceles a precursores de fentanilo y controles sobre tierras raras. El propio Trump celebró el encuentro como increíble y dijo que los dos líderes mantuvieron una relación cordial. Concretamente, EE.UU. acordó rebajar ciertos aranceles al 47 % (desde 57 %) y China suspendió por un año sus restricciones a exportaciones de minerales críticos. La prensa tituló sobre una tregua comercial aparente.
Sin embargo, el reposo es precario. Los analistas apuntan que el acuerdo de 2025 revierte solo medidas tácticas y no toca los ejes estructurales de disputa. Reuters lo describió como un alto el fuego frágil que devuelve la situación al statu quo anterior a la última escalada, pero con causas de fondo aún no resueltas. China mantuvo licencias antiguas de exportación de componentes críticos y EE.UU. conserva amplios aranceles de base. Además, quedaron pendientes las quejas de Washington sobre subsidios industriales chinos, la política de Made in China 2025 y prácticas consideradas desleales. Ambos líderes se comprometieron a seguir conversando, pero muchos analistas advierten que se trata más de ganar tiempo que de cerrar diferencias de fondo.
La tregua actual puede calmar los ánimos empresariales a corto plazo, pero no soluciona las tensiones macroeconómicas ni la desconfianza mutua. Como señaló un investigador, la estrategia china de reaccionar a cada paso de Washington ha demostrado ser sostenible en el tiempo. En este contexto, la guerra comercial, quizá pospuesta, amenaza con ser uno de los conflictos de larga duración del siglo XXI.
Sistema global en juego: ¿quién gana y quién pierde?
La disputa bilateral ha puesto en jaque el sistema multilateral. Al resentir el flujo de bienes y capitales, perjudica a los países interdependientes y puede impulsar nuevos bloques de poder. Por un lado, los aliados tradicionales de EE.UU. debaten cómo equilibrar intereses estratégicos con Pekín, a veces alineándose con Washington en demandas de reformas al régimen comercial chino. Por otro, economías emergentes intentan aprovechar la vacante china en ciertos mercados, pero sin contar con recursos ilimitados. En el balance final, ninguna guerra es buena para el comercio global: incluso los países aparentemente beneficiados como México, Vietnam, Brasil, Taiwán o Corea del Sur enfrentan riesgos si la disputa se prolonga, pues las remesas tecnológicas y los capitales aún circulan por redes integradas.
En última instancia, la guerra de aranceles entre EE.UU. y China redefine las reglas del juego económico mundial. El modelo tradicional de comercio basado en la eficiencia y la cooperación enfrenta ahora una lógica geopolítica. Esta confrontación afecta la credibilidad de instituciones globales y exige que gobiernos y empresas reevalúen sus estrategias de comercio e inversión. Como advierten economistas, aunque la economía mundial puede encontrar paliativos temporales como la diversificación de cadenas de suministro, las disrupciones persistentes y las tensiones estructurales dejan al descubierto las vulnerabilidades de un sistema comercial global altamente interdependiente. Al término de este largo pulso, sigue abierto el dilema de si el nuevo statu quo que emerge será más plural y regionalizado, o si la contienda desembocará en otro ciclo de proteccionismo sin vencedores claros.
