En la cadena de frío, la merma casi nunca ocurre en el camino, ocurre en los segundos donde el producto deja de estar protegido.
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Reducir tiempos de entrega no depende de una sola medida, sino de un orden de toda la cadena de suministro, y en comercio exterior esa disciplina empieza antes de que la mercancía toque una aduana.
En muchas empresas, el departamento de compras negocia el mejor precio, el departamento de logística se encarga de mover la mercancía y el departamento de comercio exterior se ocupa de que todo cumpla con la normativa. El problema es que estas tres áreas suelen trabajar como departamentos separados, con objetivos propios y poca comunicación entre sí. Y cuando eso ocurre, los retrasos, los sobrecostos y los errores de cumplimiento no tardan en aparecer.
Muchas empresas consiguen su primer cliente internacional antes de tener lista su logística, su documentación, su empaque o su capacidad operativa para sostener esa venta. El resultado casi siempre es el mismo: la oportunidad comercial llega primero y la operación corre por detrás, tratando de alcanzarla.
Vender más no siempre significa operar mejor, especialmente cuando los inventarios, almacenes, transportes, procesos aduanales y sistemas de atención no avanzan al mismo ritmo que las expectativas del cliente.
En comercio exterior, el valor declarado de una mercancía no sólo representa el precio de compra. También es la base sobre la cual se calculan contribuciones, se valida la operación y se demuestra ante la autoridad que la importación fue realizada de forma correcta.


